Había olvidado cómo se veía el horizonte perdiéndose en el cielo

Exposición individual
Servidor Local
2025


Texto de sala por Mónica Nepote



No hay grupo humano en la Tierra que no tenga entre sus actividades el tejido y el hilado. Se trata de gestos arquetípicos, parte de los cuidados que nos han permitido existir como especie en el planeta.  Al no tener plumas ni pelaje, nuestros cuerpos humanos están a la deriva; de no ser por la creación de la aguja y el hilo, estaríamos desamparades ante las inclemencias del tiempo. Los actos de hilar o tejer son, sin duda, tan cruciales como lo fue el manejo del fuego.

Pero ¿qué relaciones se establecen entre estos quehaceres —en los que participa el cuerpo— y los otros cuerpos, los de plantas y animales, con los que se generan las fibras y los tintes? ¿Qué otras especies hemos observado que, al igual que nosotres, también son tejedoras?

Estas preguntas se entrelazan con los hilos que unen las piezas de esta muestra. Como una diestra narradora ancestral, Antonia hace una urdimbre a partir de lo que observa y escucha en diversos territorios. La artista interpreta el paisaje en un ejercicio que es, a la par, una traducción de las líneas del territorio, de los elementos y presencias de la naturaleza. Y nos ofrece estos mensajes a través de delicados tejidos y bordados, mapas, escrituras y archivos conformados por los pensares de otras voces humanas que la acompañan.

Guiada por la voluntad de investigar la soberanía de los materiales, sucumbe ante el deseo de crear piezas desde el origen mismo. Se vuelve recolectora de plantas, que transforma a partir de los procesos aprendidos al lado de maestros artesanos. Limpia, procesa la planta, elabora la fibra y el hilo. De alguna manera los objetos son, nos queda claro, una extensión del cuerpo de la artista a partir de ese trabajo para originar ese hilo. Las piezas son pues, un mensaje amoroso al territorio, a les espectadores, a los mismos materiales.

Este conjunto de piezas hacen énfasis en otro arquetipo: la bolsa contenedora, de la que habló Ursula K. Le Guin, objeto indispensable para recopilar, reunir y narrar(nos). Las manos de Antonia, ¿bordan, dibujan, escriben? Las manos que anudan y enlazan —en esa sutil coreografía — evocan el movimiento de los pájaros al ensamblar sus nidos, esas presencias de la naturaleza también son maestras.

Las obras que forman parte de Había olvidado cómo se veía el horizonte perdiéndose en el cielo nos recuerdan que el tejido y el bordado no es solo el gesto de tomar los hilos y enlazarlos: tejer, enlazar es también crear nuevas relaciones.
Tejer o bordar es unir: pensamientos, materiales, historias.






El sur es un cuenco que bordea al mundo.